Recuento de Palabras - Día 1

Nuevamente amanece en la ciudad. Yo, pensando estar solo, veo tu silueta en la ventana y me sorprendo. Acaso no me habías dejado tantas lunas atrás. Estás tomando un café. Mirás afuera, tanto dolor y espera que cada respiración me corta el aire. No quiero levantarme e interumpir ese momento. Sacarme de ese silencio. Pero de vuelta entiendo que el deber es primero a lo que con gran impetú voy al baño a despabilarme. Ya no estás en la ventana por supuesto, sino detrás mío. En mi nuca siento los escalofríos, nuevamente comienzo a sudar y sudar. Es inevitable, es imperioso continuar. Vos exhalas como si no quisieras un dale. No, no, no. Dale, dale. Me quiebro y recompongo en un ciclo infinito de odio y amor propio. No, hoy no. Salgo del baño, tomo café. Vos me mirás y te arreglas la ropa. Sonreís porque sabés que ya falta poco. Cada vez menos minutos, cafés, siestas, almuerzos, días, noches, caminatas y palabras. Tu recuento se acorta y vos sonreís. Hoy no va a ser... Mañana será mañana. Lloro un poco para apalear la angustia. Sé que lo voy a hacer. Hoy simplemente no puedo. Te sentás. Tomo una aspirina antes de que entre mi hermano con el periódico. Papá salió en primera plana. Todo el mundo extraña un hombre que conocí poco. Mi hermano me tira la ropa sin mirarme, cada ser trata el duelo a su manera. Me visto y aparento mi pánico. Vos estirás tus brazos y te paseas alrededor de mi hermano, como una damisela coqueta. Él se aparta como si fueras el viento. Sos etéreo. Escucho desde el patio a la prensa apabullarse para tomar una foto. Lamento ser yo otra vez y bajo a dar una declaración. ¿Con quien estoy hablando? Confieso que quise a papá aunque no lo comprendía. Nadie mueve un músculo. Mi hermano mira el suelo. Hay preguntas, unas sobre otras. Supongo que voy a ser heredero de esta compañía así como mi hermano. Socios. Soy la cara visible, ese es el acuerdo. Vos estás a mi lado, posando. Te encanta estar en el ojo de la tormenta así escuchas mis latidos. Cada vez son menos, sí. Un rostro conocido me da un rayo de esperanza. Luego tristeza y pena. Ya no me quiere, si me quiso alguna vez. Vos te regocijas. Excelente susurrás. Me alejo del público y finjo autoridad, competencia, seriedad solo que cuando cruzo el pasillo veo a papá. En el espejo. Esos ojos, ese ceño, esas ropas son las de él. Al refugiarme en una habitación, las horas pasan así como las botellas de vino y whisky. Un whisky añejo del viejo, creo que ahora es irrelevante, ya que es mío. Antes de desmayarme sobre tu pecho, no sé porque pienso en hacer un diario. Termino de escribir con tus caricias en mi pelo como si fuera una mascota. La pena es para los débiles así que tomo un sorbo más. Eso te hace muy feliz. Decido soñar que soy niño. Y papa está vivo. Y mi hermano me quiere. Siempre idealizo lo que no tengo, por eso te veo con caricias y no con puñales, con coqueteos y no con descaros. Nada te preocupa, el tiempo es un gran amigo tuyo. Y así, convirtiendome en un chiste me entrego a tus fríos brazos conociendo mi destino. Sí, eso es tuyo. Sin embargo el ahora para nada, eso es mío. En este ahora yo duermo. Duermo, olvido. Vuelvo a empezar otra noche, otra mañana. Te lo digo, te lo grito: vos seguí el recuento que todavía falta para ese día. Así, con tu mirada llena de hastío, me festejo y me desvanezco en la cama.


J.G.D.

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